El descubrimiento en el siglo IX, durante el reinado de Alfonso II el Casto, del sepulcro del Apóstol Santiago el Mayor en el extremo más occidental de la península ibérica supone una auténtica revolución que cambiará muchos aspectos del mundo medieval hispano.
Según cuenta la Concordia de Antealtares, -el primer testimonio completo escrito de los hechos, datado en 1077- un ermitaño llamado «Pelayo» que vivía en Solovio, en el bosque de Libredón, empezó a observar durante las noches resplandores misteriosos. Inmediatamente informó del hallazgo a Teodomiro, obispo de Iria Flavia que marchó a aquel lugar encontrándose que esa luz revelaba el lugar donde estaba enterrada el Arca Marmárea. En el sepulcro pétreo reposaban tres cuerpos, atribuyéndolos a Santiago el Mayor y sus discípulos Teodoro y Anastasio.
Desde este momento, quedó establecido oficialmente el lugar de la tumba del apóstol, cercano al cabo de Finisterre. El camino podía seguirse desde cualquier lugar de Europa por las estrellas de la «Vía Láctea», hasta el lugar donde desde antiguo se creía que acababa el mundo y que el Atlántico era «la tumba del sol». Posiblemente estos hechos geográficos y astronómicos ayudaron a reforzar el magnetismo que desde entonces provocó en millones de almas la ruta jacobea.
En un mundo en guerra entre reinos pero también entre iglesias (la de Oviedo frente a la de Toledo), el prestigio de las reliquias de Santiago el Mayor, discípulo preferido de Jesús, será rápidamente aprovechado por los reyes asturianos y leoneses para consolidar su reino frente a Al-Andalus y para posicionarse ante el resto de la Cristiandad europea.
La orden de Cluny, la más poderosa de la cristiandad, pronto se hace eco del prestigio de Compostela y durante el siglo XI promueve las peregrinaciones a Santiago. A cambio, los reyes cristianos hacen generosas donaciones a sus monasterios. A lo largo del siglo XI la afluencia de peregrinos se intensifica y comienza la labor organizadora de los reyes para facilitar el tránsito. Se comienzan a construir puentes y hospitales en los enclaves necesarios. Comienza a establecerse una ruta principal con sus respectivas estaciones (Camino Francés) y a través de él, llega a España un modelo de construcción inédito, el románico. No obstante, los peregrinos acuden a la llamada del jubileo desde cualquier punto del mundo habitado y también desde levante, se abren caminos que a través de Teruel y Zaragoza, se encaminan hacia Santiago.
2010, año Jacobeo vuelve a situar en el primer plano de la actualidad al Camino de Santiago, una referencia indiscutible desde el punto de vista cultural, social, turístico y patrimonial en Aragón. Por nuestra comunidad, transcurren un tramo fundamental del Camino Francés que entra en España a través del Somport y supone entre otros muchos legados un patrimonio artístico románico excepcional, pero también el conocido como Camino del Ebro, seguido por los peregrinos que venían desde Barcelona, Montserrat y Levante en general y desde allí llegaban a Zaragoza para visitar a la Virgen del Pilar. Respecto al camino del Ebro, este reconoce cuatro ramales que confluyen en Zaragoza,